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Reconocimientos

Los diarios del país publicaron sendas notas necrológica, al igual que muchas instituciones y personas, que publicaron acuerdos en su memoria.

Transcribo, a continuación, algunas de esas notas, acuerdos, artículos y expresiones de dolor, así como algunas expresiones de admiración, anteriores a su muerte.

La Benemérita Sociedad Filantrópica del Guayas concedió a mi padre, en la sesión solemne conmemorativa del CXXXVIII aniversario de su fundación, celebrada el 4 de noviembre de 1987, la “medalla al mérito” de esa institución. El acuerdo dice:

Medalla al mérito
Guayaquil, octubre 30 de 1987

Señor Dr.
Antonio Parra Velasco
Ciudad.-

Muy apreciado doctor y amigo:

La Junta Administrativa de esta Sociedad, tomando en consideración la Obra eminentemente patriótica desarrollada por Ud. a través de su ejemplar existencia, resolvió en su Sesión de ayer conferirle la MEDALLA AL MERITO con que anualmente estimula a las Entidades o personas que se hayan hecho merecedoras a recibirla.
Dicha presea, junto con el Acuerdo respectivo, le será entregada en la SESION SOLEMNE de nuestro Aniversario de Fundación que se realizará el día 21 de Noviembre próximo a las 6 de la tarde, en el Teatro Nueve de Octubre, a la misma que nos complacemos en invitarlo en forma especial.
Sirva la oportunidad para reiterarle el testimonio de nuestras especiales consideraciones.
Muy atentamente
Enrique A. Palma Alvarado Gustavo Illingworth B.
SECRETARIO PRESIDENTE
GIB/epa
Discurso del Dr. Juan Alfredo Illingworth Baquerizo

El Dr. Juan Alfredo Illingworth Baquerizo hizo la entrega de la medalla, a nombre de la Benemérita institución, y con esa oportunidad pronunció el siguiente discurso, alabando a mi padre:

Señoras y señores:

Esta centenaria y benemérita Institución que me ha encomendado imponer su Medalla al Mérito, la cual es también benemérita y casi centenaria, pues fue fundada la Sociedad en 1849, ya en 1893, hace casi un siglo, resolvió instituir una condecoración anual que premiase el mérito de quienes, esforzada, patriótica y desinteresadamente, dedicaron y dedican su vida al servicio de la Patria.

Es que a los cincuenta años de su fundación la Sociedad Filantrópica del Guayas era ya una Institución que había penetrado, arraigada y profundamente, en el alma guaya-quileña. Representaba ella el sentir y el querer de los ecuatorianos que se congregaban en Guayaquil, colmena de trabajo y de cultura, y así a lo largo de casi cien años premió a hombres e instituciones que se hicieron acreedores a tan significativa presea. Para sólo mencionar algunos, de la larga lista con cuyos nombres se engalana la historia de esta Medalla, recordaré a unos pocos, que fueron símbolo en el quehacer guayaquileño y que ya no están entre nosotros. Francisco Campos Coello, que nos dio agua potable y que concibió y entregó una Institución de servicio como la Junta de Beneficencia de Guayaquil; Lizardo García, goayaquileño que llegó a la Presidencia de la República, liberal y austero ciudadano; Rosa Borja de Ycaza Carbo, poeta máxima y excelsa, con destacada obra social al fundar y dirigir la Legión Femenina de Educación Popular; Roberto Illingworth Icaza, que se fue temprano, pero que expiró, amando y sirviendo a esta Institución; Luis Vernaza, compendio de filantropía, honradez y servicio a sus semejantes; Alfredo Valenzuela Valverde, médico, científico y sabio que fundó y nos entregó la Liga Ecuatoriana Antitu¬berculosa; José Miguel García Moreno, jurisconsulto brillante, maestro de juventudes y Rector del Alma Mater guayaquileña; Juan Modesto Carbo Noboa, médico e investigador, que murió como vivió, sin recursos, pero entregando su sabiduría científica al servicio del pueblo. Nombres estelares en el decurso de la vida guayaquileña, que su sola anunciación demuestra el valor y el carácter de esta Medalla al Mérito.

Esta condecoración no constituye, como en otros casos, un hacer rutinario, para cederla u otorgarla al que se hace presente, al que aspira a ella con ánimo de engrandecerse. Esta es la condecoración que se entrega anualmente a hombres que la merecen con justicia y la pueden llevar con honor. Pudiera decirse que ésta, pertenece sólo, a un grupo selecto, de aureolados por el talento y la sapiencia, a la vez que exaltados por su propia altura espiritual, en ocasiones sensiblemente marginados, por una comunidad que crece y crece, no siempre receptiva al mérito humano y la valía personal.

Una Medalla al Mérito por sí misma, no otorga mérito al condecorado, son los méritos de él los que dan lugar al premio y a la gratitud, pues si el escogido no la merece, ante el severo tribunal de la opinión colectiva, la presea no tendrá más significación que la de orden puramente material, transitoria y perecedera. Son las personalidades eminentes las que dan a la condecoración su singularidad, su trascendencia y prestigio.

Es esto lo que ocurre, precisamente en este caso, con un hombre de la calidad intelectual y cultural del ciudadano a quien tenemos la complacencia de sentir tan próximo a nosotros, en el curso de este acto inolvidable, tan cerca de nuestros mejores sentimientos, más cerca aún de nuestro aprecio y nuestro afecto. La Medalla al Mérito que hoy entrega, con toda la carga tradicional de su obra y de su acción, la Sociedad Filantrópica del Guayas, se engrandece señor, al ser discernida a vos, por vuestra talla de Maestro, por vuestra contextura de hombre de Estado, por vuestra siembra de cultura en el libro, en la cátedra, en el foro internacional, por vuestra mente siempre abierta a las múltiples corrientes del pensamiento universal, por vuestra noble disposición de ánimo para darnos siempre, en toda circunstancia, los dones más señalados de vuestra riqueza interior. Por todo ello, en este acto se transmite honor con honor. honor es para la Sociedad Filantrópica del Guayas la satisfacción de saber que entrega su Medalla reluciente, para ser ostentada por un hombre de honor, que así hizo transcurrir su vida, hasta encontrarse en la cima de todos los méritos y de todas las virtudes de un hombre cabal, en la legítima acepción de la palabra. Esta Institución, tan guayaquileña, tan sensible a las causas sociales, de la educación y de la cultura, llamada, merecidamente, la Universidad del Pueblo, ha sabido recoger las vibraciones del ambiente social que, en forma unánime, acoge, admira y aplaude la vigorosa personalidad y la luminosa trayectoria del jurista, del catedrático, del internacionalista, del hombre de pensamiento y acción, del ciudadano de conducta ejemplar e intachable, siempre al servicio de las más nobles causas de la Patria. A la Sociedad Filantrópica del Guayas le ha correspondido traducir ese común, laudable y justificado sentimiento sobre el personaje a quien hoy le rendimos este homenaje.

Hombre de cultura universal, que siempre expresó con claridad su formidable pensamiento, tiene una trayectoria conocida y reconocida en el Ecuador y en el exterior, ajeno a toda inprovisación, a toda superficialidad, a toda mezquindad. Fue llamado al servicio del Estado, desempeñando con capacidad y eficiencia importantes Ministerios de Estado, los de Educación y de Hacienda, en los que dejó huella imperecedera de su pensamiento, de su trabajo y de su acción. Valor consagrado, se le asignó el Ministerio de Relaciones Exteriores, y como en varias ocasiones, la Cancillería ecuatoriana se vio orientada por un maestro del derecho internacional, por un sabio conocedor de nuestros trajines territoriales y diplomáticos.

En su desempeño demostró su singular capacidad, su vasta preparación, su hondo patriotismo, pues en su alma late siempre, muy profunda y sinceramente, su amor al Ecuador, su Patria. Ejerció con distinción, con altura y con valor indiscutible, las Embajadas del Ecuador en París, Londres y Caracas. Su labor en ellas fue reluciente y patriótica. En Caracas, Patria de nuestro insigne Libertador, de cuya doctrina y pensamiento es su adalid y abanderado, no sólo en el Ecuador, sino en la América toda, desarrolló una destacada y brillante acción, principalmente cuando defendió, con ardor y patriotismo, los derechos de nuestra Patria en los territorios que nos fueron arrebatados en los años 1941 y 1942, dejando expuesta, con brillantez y exactitud la legitimidad de los derechos ecuatorianos y destrozando, en forma categórica, contundente y aplaudida, los argumentos y la postura de quien representaba en Caracas, los intereses del usurpador.

Integró la Delegación del Ecuador a la Séptima Confe¬rencia Panamericana, reunida en Montevideo, en 1933, planteando a la América, en su cónclave más alto, la doctrina que se conoce con su nombre, y que ha sido reconocida y mencionada en textos y foros internacionales. Ella establece la solidaridad obligatoria de los estados hispanoamericanos para la defensa de sus intereses materiales y espirituales comunes, ya que constituyen una nacionalidad basada en los vínculos de lengua, historia y cultura, independiente de todo factor volitivo. Esta doctrina acogida por los países de América, tiene plena validez en los momentos que vivimos, para ser aplicada aún en el plano de las dificultades económicas que abaten a los pueblos de América. El acuciante problema de la deuda externa que gravita, onerosa y tremendamente, sobre la economía de nuestros países, deteniendo su progreso y agudizando las implicaciones de un subdesarrollo que nos es común, da lugar, como nunca a la indispensable y necesaria solidaridad obligatoria de los Estados hispanoamericanos. Es ahora cuando reluce, en toda su dimensión, la doctrina PARRA, enunciada con precisión y talento, en el año de 1933, hace más de cincuenta años por el doctor Antonio Parra Velasco, quien por ella, lo mismo que el Ecuador, mereció el aplauso unánime y la consagración universal. Ahora se habla de un frente común para encarar la deuda externa, pero el egoísmo, y posiblemente el desconocimiento, impiden que se diga que esta es la real aplicación de la solidaridad obligatoria de los estados hispanoamericanos para la defensa de sus intereses comunes, concebida y planteada por este ecuatoriano ilustre, en los albores de su juventud creadora. La doctrina viene en este instante precisa, concreta, oportuna, con su luminoso enunciado, en apoyo de soluciones comunes a problemas igualmente comunes.

Destacada e importante fue la actuación del Canciller ecuatoriano en la Novena Conferencia Interamericana de Bogotá, al propugnar como Presidente de la Delegación ecuatoriana, el derecho a la colaboración especial de los Estados Hispanoamericanos dentro del Sistema Regional Panamericano. Antonio Parra Velasco sostuvo en Bogotá, en la misma línea que en Montevideo, la necesidad de que se reconociera, en el pacto constitutivo que se discutía un organismo regional americano, “un regionalismo dentro del Continente o, si se prefiere, un particularismo según sus propias frases dándole al sistema interamericano más elasticidad y, a la vez, mayor valor intrínseco”.

En ejercicio de la Cancillería ecuatoriana fue el artífice de la llamada Carta de Quito, en el seno de la Conferencia Económica Grancolombiana, reunida en 1948. Era, indiscu-tiblemente, un primer paso, el inicial, el que siempre es difícil, pero que es indispensable dar, en el camino de la integración económica hispanoamericana, que hoy trata de ser una realidad, pero que muchos olvidan que Parra Velasco fue su iniciador, tal como varios tratadistas lo consideran, con precisión y justicia, que él es el verdadero precursor de este movimiento, por el que hoy se trabaja, con creciente sentido de esperanza.

Antonio Parra Velasco es de los diplomáticos del Ecuador que actuó siempre y en todo instante con el sello característico de su habilidad y sutileza, de su talento y su sapiencia. Por ello concitó en su torno, el afecto y el respeto de todos. Los medios intelectuales de los países ante los que hubo de representarnos, le dieron franca y unánime acogida. Las instituciones culturales de los países en los que representó a nuestra Patria, pudieron contar con su brillante y decisivo aporte. El nombre del Ecuador quedó en alto sitial, a través de todas y cada una de sus gestiones.

Por su gran preparación, tenía que ser desde los primeros años de su culminación profesional y académica, un destacado profesor y maestro en la Universidad de Guayaquil, en la que dictó cátedras, que fueron desde la Economía Política hasta el Derecho Internacional Público, en su centenaria Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales, en la que él se formó. Llegó a ser su Rector por dos periodos consecutivos, proyectando una clara acción en beneficio de la Universidad, al servicio de la juventud y de la Patria. Sería innecesario referirse a su luminosa actuación en la cátedra y en la rectoría de la Universidad de Guayaquil, porque realmente constituyen una numerosa y abigarrada legión, los hombres que fuimos formados por su pensamiento y por su acción cultural. Quienes tuvimos la suerte de escuchar en la cátedra, su magistral palabra, su nítida, concreta y formidable expresión, no podremos olvidar nunca sus profundas y magníficas lecciones de economía y derecho internacional, disciplinas que configuraban la esencia de su pensamiento global. Son varias las generaciones que han recibido la ejemplaridad de su enseñanza y el beneficio de su modelación espiritual y cultural. Era de los profesores que suscitaba en el discípulo, la preocupación por la investigación y la entrega al estudio. El sigue siendo, lo que fue siempre, un maestro, un conductor y un guía, atalayando horizontes y señalando rumbos, en medio de las dificultades, las dudas y la incertidumbre. He allí la nobleza de una vida, de una Vida que se hizo con elevación, con altura de espíritu y con ese especial y selecto estado de ánimo que sólo es posible en el alma de los grandes. Este es su máximo blasón.

En el ejercicio de Rectorado de la Universidad de Guayaquil concibió y creó el Instituto de Diplomacia y Derecho Internacional, que ha tenido un decurrir de éxito, como lo quiso su ilustre fundador, plasmando así su ferviente deseo de que los ecuatorianos estudien, investiguen y se formen en tan importante disciplina del quehacer político internacional.

Este es uno de los casos en que es difícil determinar en cuál de sus múltiples actividades fue superior. Si como jurista fue notable y profundo. Si enalteció los Ministerios de Estado, demostrando su singular capacidad, su vasta preparación y su hondo patriotismo. Si como Rector de la Universidad de Guayaquil, cumplió una obra trascendental. Si brilló en los foros Internacionales. Si se destacó en la cátedra del Alma Mater. Si hizo el enunciado de la doctrina que, precisamente, lleva su nombre, que lo inmortaliza. Si fue gestor de la Carta de Quito. Si ha proyectado haces de luz, intelectual y cultural, en el seno de las varias instituciones a las cuales pertenece. Si aún hoy, en su lúcida, pletórica y vigorosa madurez, mantiene y alienta una actividad intelectiva, orientadora y permanente, con la cual demuestra y se comprueba la verdad incontrastable de aquella afirmación, ratificada por la historia de la cultura en grandes y elevados espíritus, como el de él, de que la juventud se vive interiormente y de que en muchos hombres eminentes ella es una eterna, lozana e irreductible primavera. Así es Antonio Parra Velasco.

La Sociedad Filantrópica del Guayas, interpretando un sentimiento general ha querido enaltecerse condecorando al doctor Antonio Parra Velasco, símbolo de las más altas virtudes y cualidades, enalteciéndolo así a él con una Medalla que constituye expresión de todas las condiciones de un espíritu superior. No es esta una condecoración formalista, de compromiso o de rutina. Esta presea encarna el afecto y el respeto de la colectividad ecuatoriana para uno de sus mejores y ejemplares ciudadanos, que muestra a las generaciones presentes y futuras, una vida intachable, que es y ha sido siempre una línea recta en la conducta de un hombre superior.

Señor doctor Antonio Parra Velasco, cumplo con emoción y reconocimiento, el cometido con el que se me distinguió. Coloco en vuestro pecho de ciudadano eminente y ejemplar la condecoración que os otorga la Sociedad Filantrópica del Guayas con el orgullo y la emoción que para mí representa este acto inolvidable, en la realización de tan alto y justo cometido.

Guayaquil, Noviembre 21, 1987. 

Por: Jorge Salvador Lara

Antonio Parra Velasco merece un estudio especial por el surco que traza, con sus ideas y actuaciones, en la juventud, que admira su pensamiento y su republicana figura. Autor de la teoría de derecho internacional que lleva su nombre, en la que propugna la unidad de Hispanoamérica, y pionero de los movimientos de integración económica latinoamericana, el ilustre jurisconsulto guayaquileño alcanzó asimismo justo renombre con sus brillantes estudios en París, de donde volvió para regentar la cátedra de Derecho Internacional en la Universidad de Guayaquil. Pero fue en 1.933 cuando alcanzó merecida fama internacional en la VII Conferencia Panamericana reunida en Montevideo, donde, como miembro de la delegación ecuatoriana, anunció, en magistral discurso, la que de inmediato había de ser denominada “doctrina Parra”, por la trascendencia que sus colegas de conferencia, comentaristas y tratadistas le concedieron al punto.

Según esta doctrina, los pueblos hispanoamericanos forman, en realidad, una sola nación, lamentablemente dividida en numerosos estados, a los que una serie de factores comunes irrenunciables y naturales obligan a defenderse solidariamente en amparo de sus intereses espirituales, materiales y de soberanía.

Parra alcanzó a vislumbrar, en su discurso, el mercado común hispanoamericano -ideal entonces extraño y quimérico en una América dócilmente sujeta al carrusel de Washington-; la unión monetaria de los estados nacionales de Hispanoamérica; la defensa de las riquezas comunes frente a la voracidad de los imperialismos, particularmente del yanqui, y la necesidad de que sean reintegrados a la nación hispanoamericana todos los territorios que habían caído en manos extrañas, que, por lo tanto, eran colonias más o menos disfrazadas.

Ministro de Educación en el primer período del doctor Velasco Ibarra, el doctor Parra actuó como diputado por el Guayas en la Asamblea Nacional Constituyente de 1.944-45, donde auspició el reconocimiento de la doctrina de la Comunidad Iberoamericana en el artículo 6 de la Constitución entonces elaborada. En aquella convención, Parra puso todo su interés en impedir que se autorizara al gobierno ecuatoriano a suscribir con los Estados Unidos un pacto que le permitiera continuar en posesión de la base militar en el Archipiélago de Galápagos. En esa pugna estuvo apoyado por los legisladores de diversas ideologías, sobre todo por el doctor Manuel Elicio Flor, vicepresidente de la Asamblea, y logró triunfar plenamente, pues no se suscribió convenio alguno en ese sentido. El informe sobre dicho asunto fue redactado por el propio doctor Parra, que unió así su nombre a los de García Moreno, Peralta y González Suárez en la defensa de la soberanía ecuatoriana en las Galápagos.

En fin, entre otras intervenciones valientes y patrióticas, el doctor Parra se opuso, en esa Asamblea, a la propuesta de declarar “reos de traición” a los magistrados ecuatorianos que dirigían el país en la época de la suscripción del Protocolo de Río, por estimar que tal criterio podría perjudicar a la causa ecuatoriana, ya que consideraba que ese írrito instrumento fue suscrito por imposición de la fuerza y no por la libre actuación de los propios ecuatorianos, tesis que posteriormente fue defendida por Velasco Ibarra en 1.960 y rubricada unánimemente por el país, al proclamarse la nulidad del Protocolo de Río de Janeiro.

Durante la pacificadora interinidad del patricio guayaquileño doctor Carlos Julio Arosemena Tola, Parra Velasco fue Canciller de la República. Entonces auspició la Conferencia Económica Grancolombiana, de la que salió la “Carta de Quito”, primer intento serio de integración regional en América Latina. El instrumento fue ratificado por Ecuador y Colombia; pero, aunque durante más de tres años funcionó en Caracas el Consejo Económico Provisional, Venezuela no se animó a ratificar la citada Carta.

Firme defensor de la independencia de Puerto Rico; adversario ideológico, de excepcional altura intelectual y caballerosas lides, pero reciamente polémico, del imperialismo norteamericano y partidario de una política independiente pero no hostil hacia los Estados Unidos, Parra Velasco no vaciló en aceptar, en 1.960, la candidatura presidencial, apoyada principalmente por el partido Comunista, con el doctor Benjamín Carrión como candidato a la vicepresidencia. En esta época se hizo célebre el lema: “¡Parra-Carrión, revolución!, llevado de un extremo a otro del país por las juventudes marxistas, con ímpetu tal que las pacíficas mayorías ecuatorianas se intimidaron. El programa del jurista guayaquileño fue, sin embargo, claro, tolerante, progresista, orientado a liberar de su marginación a “tres parias de la patria ecuatoriana: el indio, el montubio y el hombre pobre de las ciudades”. Luego fue Rector de la Universidad de Guayaquil. Sus intervenciones en la diplomacia ecuatoriana, como delegado en numerosas reuniones internacionales y como plenipotenciario y embajador en varios países, le han otorgado merecido prestigio.

Unánimemente respetado, Parra Velasco ha sido uno de los catedráticos de mayor influencia en la formación de las nuevas generaciones. 

Por: Eduardo Peña Triviño

Se presentaba a dictar sus clases al mediodía, su melena peinada, con el aire fresco de una ducha reciente. Subía lentamente las escaleras, garboso, un poco ausente, un poco sonreído. Contestaba los saludos y encontraba el salón de clases llenos de alumnos ansiosos. Llevaba siempre uno o dos libros para citarlos en clases, a veces textualmente del francés que traducía simultáneamente.

No eran simples clases, eran verdaderas conferencias magistrales, expuestas con voz clara y joven, que arrastraba erres afrancesadas. Al poco tiempo, un ventilador que arrojaba aire sobre su cabeza, lo había despeinado. Entonces tenía su auténtica figura, su facha de león con melena desarreglada, que impartía a raudales el saber de sus numerosas lecturas y experiencias. Nadie se movía, sólo se escuchaba su voz. La clase, prevista para una hora, duraba dos y más, a pesar de la canícula de las primeras horas de la tarde.

Por él fuimos conociendo los secretos de la política internacional. Las razones del Imperio, la lucha por las vías interoceánicas. Escuchamos por primera vez, en 1956 el nombre de Sandino. Conocimos cómo pueden laborar los grandes intereses mundiales para alcanzar la hegemonía. Conceptos, verdades, que absorbíamos como esponja. Ese año, luego del episodio de la toma del canal de Suez por las tropas anglofrancesas, pudimos vislumbrar cómo llegó el ocaso de los cuatro grandes y de qué manera aparecieron con claridad las fuerzas de las dos superpotencias imponiendo su voluntad a todo el mundo.

Pero, sobre todo, privilegiados testigos, conocimos su propia doctrina: gran bolivariano, fundado en las ideas del Libertador, sostenía que, entre los países hispanoamericanos, las relaciones no deben regirse por las normas del común derecho internacional, sino por algo más íntimo y fraterno. Ya que son la nación de repúblicas, surgidas de las antiguas colonias españolas, que están unidas por la lengua, las costumbres, la religión; por el mestizaje que nos hace tan iguales, sus asuntos deben normarse por un nuevo derecho, el INTRANACIONAL, cuyas características deben ser diferentes. Presidido por el común ancestro y los comunes afanes que buscan afirmar la identidad, deben unirse para enfrentar, fortalecidos por la unión, los intereses de las grandes potencias, que siempre tratarán de aprovechar la debilidad de los pueblos pequeños y aislados para mantenerlos como simples satélites. Allí está la base para el derecho común de nuestros países y los principios para su fortalecimiento y desarrollo. ¿No le suenan, amable lector, los ecos de la Carta de Jamaica, no se le revelan los sueños de Bolívar, recogidos en una propuesta concreta y viable?

¡Cuánta actualidad en la Doctrina Parra! ¡Cómo nos hace falta estudiarla para presentar un frente sólido, ahora que nos agobian los problemas de la deuda, de la dependencia tecnológica, del abismo que se hace más profundo entre los pueblos de la América Hispana con el mundo desarrollado!

Hace pocos días, hojeando periódicos no leídos por una breve ausencia, vi que el Gobierno le ha discernido uno de los premios Eugenio Espejo. Es un acierto, que honra más al que da que al que recibe. Me congratulé, como seguramente hicieron muchos de sus ex discípulos y me propuse escribir esta cuartilla, con la esperanza de que el maestro la lea en los días de su gallarda y lúcida senectud, para que sepa que sembró, y bien, y que lo recordamos con inmensa gratitud y veneración. Paso por alto otros rasgos de su brillante vida política, diplomática y universitaria, porque reconocerla corresponde a los más autorizados, sólo he querido rescatar, de los ya lejanos recuerdos de mis primeros años de estudiante de derecho, algunas imágenes e ideas, entre ellas la figura del Maestro Antonio Parra Velasco, tan querido y admirado, destaca con nítida luz propia.

No hay que esperar que mueran ciertos hombres, para librar sus méritos del olvido. El Maestro Parra es, ciertamente, uno de los más brillantes ecuatorianos vivos, modelo de virtudes cívicas y morales. Hay que hacerle un homenaje nacional, ponerle su nombre, por ejemplo, al Instituto de Diplomacia y Ciencias Internacionales, que él inspiró y creó:

¡En vida, hermanos, en vida! 

Por: Jenny Estrada

Hay personajes cuya hoja de vida es tan rica en aportes a su tiempo y a su Patria, que limitarlos al espacio de unas pocas cuartillas implica obligarnos a elegir, de entre sus múltiples facetas, aquellas ligadas a los temas que al plantearlos engranen como partes de un gran todo, permitiéndonos aunque sea bosquejar su dimensión intelectual, política y humana, hasta el momento en que biógrafos e historiadores emprendan la tarea de fondo, revelándonos todos sus valores para ejemplo de nuevas generaciones.

Su formación y sus ideas

Voluntariamente retirado de la escena pública, el Dr. Antonio Parra Velasco, nacido en Guayaquil, cuenta los mismos años que el siglo y, a semejanza de éste, acumula vivencias que van desde los albores de la “Belle epoque” hasta la torturante perspectiva de una conflagración nuclear, luego de sobrevivir a dos guerras mundiales y al torbellino feroz de diarias agresiones de naciones contra naciones, de hombres contra hombres, en un período de alucinantes contradicciones donde la humanidad no tiene conciencia aproximada del camino de la paz o por lo menos de la tregua que le permita recuperar sus racionales dosis de optimismo y alimente su derecho inalienable a la esperanza.

Escribiendo una ardorosa defensa de la actuación de Simón Bolívar en relación a Guayaquil y clasificando material para emprender la recopilación de sus memorias, encontramos al octogenario personaje. Ambas tareas nos sirven de puentes para el propósito de la entrevista, canalizándola hacia aspectos que, a nuestros juicios personales, constituyen sus más notables contribuciones al país y a la causa de los pueblos hispanoamericanos.

Renuente a ubicarse en primer plano, antepone el relato de los hechos que estremecieron al siglo, -aun evitándolo- queda ligado en cuanto su temperamento apasionado lo involucra fijando posiciones al tenor de sus principios y conceptos.

Estudiaba el bachillerato en París cuando el estallido de la primera guerra estremeció al planeta, sometiéndolo todo a profunda revisión.

Retrocediendo en el tiempo, el Dr. Parra recuerda: “Era el año1918 cuando ese primer desastre mundial finalizó. Como la mayor parte de los habitantes de París, salí a la calle y pasé la noche en los Campos Elíseos para conservar un sitio que me permitiera contemplar el “Desfile de la Victoria”, el gran desfile de los vencedores: los famosos generales y los hombres más importantes de la tierra (entre ellos el entonces joven príncipe Hirohito). Pronto desaparecerían sus alianzas y ellos mismos, en medio de la desilusión de los pueblos que habían luchado a su lado”.

¿Qué idea tenía Europa acerca de nuestra América Latina?

Europa prácticamente no la tomaba en cuenta. Para Francia era nada más que una colonia espiritual. Intelectual y culturalmente todo lo que aprendíamos en ese período venía de allá. La flor y nata de nuestros talentos estaba ligada a Europa y sobre todo a Francia que era el centro universal de la cultura.

Si nuestras relaciones económicas eran tradicionalmente tan estrechas como las culturales y el poderío de los Estados Unidos aún no era lo fuerte que ahora es, ¿por qué los europeos cedieron terreno?

En aquella época las grandes potencias se repartían lo que llamaban “zonas de influencia”.

Entre ellos se entendían y negociaban. América Hispana quedaba como zona de influencia de los Estados Unidos. Y ocurría con frecuencia que, antes de realizar una negociación importante con un país de los nuestros, el Estado extranjero consultase previamente con los Estados Unidos para asegurarse de su aquiescencia. Ahora han cambiado las cosas.

¿Cree que si hubiésemos seguido las enseñanzas de Bolívar nuestro rumbo habría variado?

Yo creo que, si ese hombre hubiese pertenecido a este siglo, la idea tan profundamente arraigada en un ser sobre una América Hispana nacionalista y unitaria, habría variado substancialmente nuestra circunstancia. Y si hubiésemos seguido sus enseñanzas no seríamos hoy un grupo de veinte países que se disputan entre sí, que compiten entre sí y que hasta se hacen la guerra, sino una sola “nación de repúblicas” hermanas en América Hispana, con fortaleza suficiente para defendernos de los poderosos.

A Bolívar lo seguimos aplaudiendo…

Lo aplaudimos, pero no lo seguimos. Hemos abandonado sus ideas. No por ignorancia sino porque ya no nos interesan. En cada país se han ido creando situaciones locales, particulares, que se anteponen al interés general. Prefieren mirar las patrias chicas, antes que esa “patria grande” en la que él soñaba.

¿Será porque hay quienes atribuyen la Doctrina del Panamericanismo a Bolívar?

Es un error. Su ideal fue unir a los pueblos de las antiguas colonias hispanoamericanas frente al resto del Universo, para colaborar con todas las naciones; pero jamás quiso que una potencia extranjera como los Estados Unidos interviniera en nuestros asuntos y nos dominara. Los documentos lo prueban, aunque algunos quieran distorsionar su pensamiento.

Terminados los estudios secundarios en Francia, Antonio Parra Velasco retornó al Ecuador con la ansiedad de servir a la Patria. Había hecho también estudios de Agronomía y de Economía. Ingresó a la Universidad de Guayaquil donde se doctoró en Leyes y mientras cursaba esa carrera, su talento, su fogosidad y la claridad de sus conceptos, fueron desbrozándole el camino que lo llevaría a destacarse entre los ecuatorianos más brillantes del siglo.

En 1933, viajó al Uruguay, integrando la delegación nacional a la Conferencia de Montevideo. A lo cual se refiere así:

“Fue una sorpresa para mí. Tuve solo unas horas para preparar maletas y subir al barco que nos llevaría a Valparaíso, rumbo al Uruguay. En Montevideo, entre el Dr. Albornoz, nuestro embajador en Uruguay señor Augusto Aguirre Aparico y el Dr. Carlos Puig Villazar, nos dividimos las comisiones y cada uno tomó a su cargo la defensa de los intereses de la República”.

¿Podría resumirnos las intervenciones que usted tuvo?

Fueron básicamente dos las cuestiones que traté. Sostuve la tesis de que la intervención es una guerra disfrazada que un país poderoso le hace a otro débil para imponerle su voluntad y para gran sorpresa mía, el eminente internacionalista argentino Dr. Saavedra Lamas, la acogió y la amplió en un discurso admirable que constituyó verdadera clase de Derecho Internacional. Luego, en el aspecto económico, cuando la Delegación Norteamericana quiso hacer aprobar el principio de que en América debía aplicarse la igualdad de tratamiento comercial, expresé que lo que a los Estados Hispanoamericanos convenía era aplicar el principio de las preferencias comerciales recíprocas y exclusivas entre ellos, único sistema que les permitiría progresar y desarrollarse económicamente; y que ese tratamiento preferencial era un derecho que les correspondía por tratarse de pueblos unidos por vínculos de solidaridad, basados en la comunidad de origen y cultura, y constituir, en realidad, una “nación de repúblicas”, según lo enseñó Bolívar. La Delegación chilena, presidida por el ilustre Canciller Cruchaga Tocornal, apoyó la tesis ecuatoriana.

¿Es esta la tesis que en Derecho Internacional se conoce con el nombre de la “Doctrina Parra Velasco”?

Yo nunca la llamé asi. La tesis que defendí fue la que creí y sigo creyendo justa para nuestros países. El derecho al establecimiento de preferencias económicas exclusivas hispanoamericanas, constituye solo una faceta o aspecto de la concepción jurídica que yo vengo sosteniendo, sin pretender darle rango de doctrina. En lo esencial, ella consiste en afirmar que los Estados Hispanoamericanos, por formar parte de una misma nación, están sujetas a una obligación jurídica de solidaridad, para la defensa de sus comunes intereses territoriales, económicos y culturales. Con gran generosidad algunos autores empezaron a llamarla “Doctrina Parra Velasco”. Creo que fue primero en Panamá y luego en Colombia donde se le dió ese calificativo. En todo caso, quisiera puntualizar que jamás se me hubiera ocurrido bautizarla así.

Embajador, Parlamentario y Canciller

En la primera presidencia del Dr. José María Velasco Ibarra fue nombrado Ministro de Educación y luego, de Hacienda Pública. En el período gubernamental del Dr. Carlos Arroyo del Río, fue exiliado en Colombia; y después de la revolución del 28 de mayo de 1944 llegó a la Asamblea Nacional Constituyente en representación y por elección de los independientes.

De su etapa de parlamentario sobresalen su decidida oposición al alquiler de las Islas Galápagos, pretendido por los Estados Unidos al término de la II Guerra Mundial y la defensa de nuestra soberanía territorial.

Ministro Plenipotenciario del Ecuador, vuelve a París en momentos en que los alemanes ya habían dejado la ciudad luz. Conoce a De Gaulle, cuya mano estrecha con emoción. Interviene con un discurso en la reposición solemne de la estatua del Libertador Simón Bolívar, rescatada de una bodega donde los alemanes acumulaban monumentos para fundición. Con este motivo, una banda militar francesa ejecutó por primera vez el “Himno Nacional Hispanoamericano”, cuya letra y música le pertenecen al Dr. Parra Velasco. Años más tarde, en ceremonia solemne organizada por el gobierno francés en el bicentenario de Miranda, la Banda de la Guardia Republicana, repetiría el himno en La Sorbona. Y Venezuela lo acogería posteriormente.

Poco tiempo después, un cable del entonces presidente Carlos Julio Arosemena Tola, le participa su designación como Canciller de la República del Ecuador, cargo que acepta y viene a desempeñar durante el interinazgo por lapso de nueve meses.

¿Qué perspectivas puede ofrecer tal cargo en tiempo relativamente tan corto?

El tiempo era propicio. La Conferencia Grancolombiana que ya estaba anunciada para reunirse en Quito y la Conferencia del Comercio y del Empleo que iba a tener lugar en La Habana, Cuba (GATT). También la Conferencia Interamericana de Bogotá. El trabajo se presentaba altamente interesante y esta vez a otro nivel.

Era la gran oportunidad de seguir impulsando una política que favorecería los intereses del Ecuador y de Hispanoamérica.

¿De esa Conferencia Grancolombiana es el documento continentalmente conocido con el nombre de “Carta de Quito”?

Efectivamente. En la Conferencia Económica Grancolombiana reunida en Quito del 24 de julio al 10 de agosto de 1948, Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá suscribieron un Pacto de trascendental importancia que fue el “Convenio para llegar al establecimiento de la Unión económica y aduanera Grancolombiana”, denominado “Carta de Quito”, y se adoptaron varias resoluciones de extraordinario interés para nuestros pueblos.

¿Podríamos situar a la “Carta de Quito” como el primer antecedente del Pacto Andino?

Sin lugar a dudas. Lo que pasa es que esa “Carta” cayó en el olvido por parte de propios y extraños. La “Carta de Quito” de 1948, es un documento perfectamente vertebrado. Un tratado que fue ratificado por Ecuador y Colombia, no así -hasta hoy- por Venezuela y Panamá.

¿Es decir que aquella tendría gran valor de aplicársela ahora?

Yo creo que sí, pero yo no puedo ser imparcial en su defensa

¿A qué se debe que esfuerzos tan grandes desvalorizados y hasta olvidados por nosotros?

Parece que es una característica de nuestros pueblos. Aunque también es una característica de este siglo muy dado a cambiarle de nombre a las cosas, a las idas, a los proyectos, para hacerlos aparecer como algo nuevo.

¿Qué resultado tuvo la Conferencia de la Habana?

Fuimos a defender las preferencias económicas en el ámbito hispanoamericano. En ese sentido trabajé con la Delegación del Ecuador. Reforzamos la tesis expuesta en Montevideo y por supuesto el contenido de la “Carta de Quito”, calificada en los más altos términos por pensadores e internacionalistas del continente que, como bien expresó un diario de Boston, puso a Bolívar a cabalgar nuevamente por la América, para realizar obra fecunda en defensa de los intereses y la soberanía de América Hispana.

Si esa era la tónica, ¿por qué se firma el TIAR?

El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) es un tratado panamericano, pero su contenido se refiere a otro tipo de tesis que nada tiene que ver con la anterior.

El siglo, su siglo, nuestro siglo

Aunque sobre el campo del Derecho Internacional tendríamos muchísimo material que comentar, otras actividades realizadas por el Dr. Antonio Parra Velasco van sucediéndose en el orden de estos diálogos. Su labor como Rector de la Universidad de Guayaquil (reelegido por unanimidad); su candidatura a la presidencia de la República en binomio con Benjamín Carrión, su desempeño como titular de nuestras Embajada en Venezuela e Inglaterra; su permanente tarea de difusión del ideario bolivariano; sus creaciones literarias, como el “Canto a Guayaquil” y actualmente su trabajo como integrante de la Junta Consultiva del Ministerio de Relaciones Exteriores, complementan un bosquejo de su personalidad, cuando, con igual prisa que la que le marca el siglo (que es su siglo) nos hace el somero recuento de su vida.)

Sin embargo, lejos de alentarnos como parte de esta centuria tan contradictoria para la raza humana, él se muestra implacable en el análisis final. El siglo XX, que llevó al hombre a la luna, que puso en contacto a los pueblos en el instante mismo de la acción, que impulsó los más grandes avances tecnológicos, no resiste a su juicio una mediana calificación.

Para el Dr. Antonio Parra es siglo cruel e inhumano.

¿Por qué no le concede atenuantes?

Porque ha sido más lo que ha destruido que lo que ha aportado a los seres humanos.
¿No le parece que está siendo demasiado injusto con su tiempo?

No soy injusto. Soy objetivo. Y me apena llegar a estas conclusiones, pero el siglo XX nos ha deshumanizado.

Eso equivaldría a negarlo todo, inclusive la vigencia del amor.

Chambord, en una de sus máximas, decía del amor que era el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos epidermis. Nuestro siglo está suprimiendo la fantasía y pretende dejar solo el contacto. Los idealistas, los soñadores ya casi no tienen cabida.

¿Y el sueño de Bolívar?

Es prestado a otro siglo por unos cuantos necios que no queremos dejarlo morir.

¿Y la esperanza? ¿Acaso cree usted que está muriendo la esperanza?

En muchos de nosotros sí. Nos hemos vuelto escépticos. Pero quedan sus hijos y sus nietos.

Por ellos y para ellos habrá que hacer el esfuerzo de rescatarla, para que no se vaya con el siglo. 

Por: Miltón Alava Ormaza

En 1960, los doctores Antonio Parra Velasco y Benjamín Carrión se unieron para presentar sus candidaturas a la Presidencia y Vicepresidencia de la República -el famoso binomio “Parra-Carrión, revolución” -, apoyados por fuerzas de izquierda y CFP, en este último caso como un postrero tributo de su máximo líder, Carlos Guevara Moreno, a la “inteligencia” nacional. Pero no sólo porque tuvieron que habérselas con el caudillo -es decir, el doctor Velasco Ibarra-, sino porque se trataba de dos intelectuales en plan político, la respuesta electoral que lograron fue magra.

La idea motriz que Parra desarrolló entonces - que trató de vender como dicen los publicistas - fue la integración y el mercado común entre los países de cuna bolivariana.

Por su parte, el doctor Carrión relanzó su tesis, expuestas en sus famosas “Cartas”, de convertir al Ecuador en una potencia cultural. En otras palabras, los dos candidatos eran portaestandarte de causas buenas para ser expuestas en otras circunstancias y no ante concentraciones populares ávidas de ofertas de realización inmediata. Los ecuatorianos, sin embargo, reconocimos a la postre los merecimientos de estos dos grandes hombres. Por coincidencias del destino, el doctor Benjamín Carrión recibió por primera vez el Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” y este mismo galardón le ha sido discernido también, recientemente, al doctor Parra.

Ex rector y catedrático por muchos años de la Universidad Nacional de Guayaquil, Parra Velasco ha tenido una destacada actividad cultural en el sentido clásico, es decir, como creador, promotor o difusor de conocimiento, pero es como ideólogo, alquimista, adelantado y pionero de la cultura latinoamericana, en tanto que civilización con personalidad propia, que este ilustre guayaquileño ocupó un sitial preeminente entre sus connacionales de la misma etapa histórica en que le tocó actuar. Es, pues, el Parra internacionalista, pensador y diplomático, más que el educador y el político, la faceta de su personalidad que terminó por caracterizar al hombre público.

En el plano continental, hay que destacar sus lúcidos aportes a la formación del derecho internacional americano, ya sea que se lo conciba como conjunto de normas jurídicas destinadas a regular las relaciones entre Estados Unidos Y América Latina – panamericanismo o interamericanismo- o de los Estados latinoamericanos entre sí. Este derecho tiene su máxima expresión en la Carta de Organización de Estados americanos (OEA), a cuya elaboración contribuyó como Canciller y Delegado del Ecuador a la Conferencia Panamericana de Bogotá de 1948, que la expidió por primera vez.

Pero la más grande e indeclinable pasión ha sido la unidad de los pueblos latinoamericanos y, en particular, la de los libertados por Bolívar, por ser él un “bolivariano” de acción y por su convicción de que sólo esa unidad puede garantizar el desarrollo e independencia de ellos. A su inspiración se debe que, desde la Constitución de 1945, el Estado ecuatoriano haya adoptado como política internacional invariable la necesidad de una colaboración especial con los Estados Iberoamericanos, “los que están unidos por vínculos de solidaridad e interdependencia, nacidos de la identidad de origen y cultura”, y su predisposición “a formar con dichos Estados o con uno o más de ellos, asociaciones que tengan por objeto la defensa de tales intereses”.

La consagración de Parra Velasco al ideal bolivariano se patentizó en la “Carta de Quito”, aprobada por la Conferencia Económica Grancolombiana que se reunió en nuestra capital entre el 24 de julio y el 10 de agosto de 1948, con la concurrencia de los cancilleres y las delegaciones de Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela. Fue un convenio destinado al establecimiento de la unión económica y aduanera de estos países, en forma gradual y progresiva. Se creaban un Consejo General, una Secretaría General y Comisiones Especializadas. En síntesis - pues los asuntos contemplados incluían virtualmente toda la gama de intereses económicos comunes - esta unión debía proponerse la unificación de aranceles aduaneros o su coordinación; la realización conjunta de proyectos industriales, agropecuarios o mineros; políticas comerciales externas de interés recíproco y de defensa frente a los países industrializados; construcción de vías y medios de comunicación regionales, etc. Las condiciones políticas y económicas para la consecución de estos objetivos, no estaban todavía dadas y la unión no se cristalizó; pero el documento que le acordó se constituyó en precedente incuestionable de los nuevos esfuerzos que se hicieron en las décadas subsiguientes para crear el Mercado Subregional Andino con fines similares.

Los principios consagrados en la “Carta de Quito”, en los que Parra Velasco dejó su impronta intelectual, no han perdido, sin embargo, vigencia, sobre todo después que el Acuerdo de Cartagena debió de ser sustancialmente reformado para tornarlo más realista. No se pretendió que la unión económica y aduanera se concretara de un día para otro, sino tras un proceso de estudio y análisis de cada situación y a través de medidas que, en último término, debían aprobar individualmente los gobiernos de los Estados miembros. Es que, si bien América Latina puede ser considerada una nación - o una cultura - es, al mismo tiempo, una comunidad de nacionalidades soberanas y Parra Velasco jamás desestimó esta particularidad. 

Por: Jorge Pérez Concha

El Gobierno Nacional ha realizado un acto de justicia al conceder la Condecoración “Al Mérito Diplomático” al doctor Antonio Parra Velasco, ex Canciller de la República, en reconocimiento a su actuación en el campo internacional, donde ha ejercido la representación del Ecuador en diversos países de América y Europa.

Pero, aparte de esto, su actuación como catedrático de Derecho Internacional, acredita una labor que, realizada a través de muchos años, imprimió un nuevo rumbo a la función docente, con ánimo de crear un espíritu de solidaridad entre los pueblos hispanoamericanos, consecuente con la doctrina de la que es autora conceptuada como uno de los aportes más valiosos dentro del sistema regional al que pertenecemos. Y como Canciller de la República, al convocar la Conferencia Económica Grancolombiana que tuvo lugar en 1948, consiguió la suscripción de la Carta de Quito, adelantándose con esto a mucho de lo que se ha hecho en favor de la integración de nuestros países.

No menos importante fue su intervención en la IX Conferencia Interamericana que conformó la Carta de la Organización de Estados Americanos, en la que sostuvo la tesis de que los tratados internacionales no solo son revisables por acuerdo entre las partes, sino también por los medios establecidos en el Derecho Internacional. Y si no consiguió lo último obtuvo en cambio que quedara sin efecto lo primero, que equivalía a decir que el Protocolo de Río de Janeiro solo puede ser revisto con la previa aceptación del Perú.

Y como diputado a la Asamblea Constituyente de 1944, redactó el informe contrario a que las Islas Galápagos fueran alquiladas por 99 años a los Estados Unidos de América, lo que hubiera representado la perdida de la soberanía nacional a través de una colonización realizada a tan largo plazo. Y éste es, en nuestro concepto, lo que mayor valor tiene en cuanto hace relación con el territorio insular ecuatoriano.

En consecuencia, era justo que el poder público hiciera un reconocimiento a lo que ha significado una labor constante en favor de los intereses nacionales dentro y fuera de las fronteras de la patria. Y es por esto que hacemos propio un sentimiento que responde al más elevado espíritu de justicia. Antonio Parra Velasco es de los ecuatorianos que no ha perdido la fe en los destinos de la nacionalidad, comprendiendo ésta a todos los pueblos que comparten con el nuestro la igualdad de origen, lengua y tradición. 

Por: Raúl Clemente Huerta

No voy a escribir la semblanza del seráfico hermano San Francisco de Asís, ni pienso ocuparme de algún anacoreta enclaustrado para librarse de las tentaciones de la carne. Por el contrario, voy a hablar de Antonio Parra Velasco, de un hombre en plenitud de pensamiento, nacido con el siglo y desde que tuvo uso de razón, partícipe en todos los sucesos más prominentes que han sacudido la contemporánea historia de nuestra Patria, porque jamás se colocó a la vera de los caminos, porque, nervio, corazón, inquietud y dinamia, no se ha detenido nunca.

Mi primer contacto personal con el Dr. Parra fue la cátedra universitaria en la vieja Casona. Enseñaba Derecho Internacional Público y los alumnos recibimos al joven profesor con admiración, porque para entonces habíamos conocido su brillante debate con los estudiantes de Yale; su actuación en la Conferencia Panamericana de Montevideo inscribiendo para la posteridad su renombrada “Doctrina Parra Velasco”, absoluto vuelco en la interpretación de la realidad latinoamericana; también, había hecho trascendental desde el Ministerio sus renovadores programas en materia de educación pública. De esa época quiero recordar el entusiasmo con que saludó, en 1.938, el advenimiento del Anschluss por el cual Alemania y Austria, pueblos de idéntica estirpe, que se fundieron en una sola Nación. Asimismo, estuvo en él presente la angustiosa amargura con que siguió los terribles desastres de la guerra y el monstruoso genocidio de los judíos.

La revolución de mayo de 1.944, como todos los golpes militares que han venido repitiéndose en una suerte de corsi e ricorsi accidentado de nuestro devenir democrático, generó las esperanzas de cambios fundamentales y de moralización administrativa, lo que en verdad no hubo en el país.

Sin embargo, en una Asamblea Constituyente a la que contribuyeron selectas inteligencias, se redactó la Carta Magna de 1945 en la que, entre otros avances ideológicos, gracias al esfuerzo formidable del diputado Parra Velasco se estableció la ciudadanía iberoamericana, tan afín a la lucha integracionista del continente en que él estaba empeñado.

Vimos también, a Parra Velasco, conquistar las calles y los caminos del país en peregrinaje cívico para ganar la Presidencia de la República. Lo acompañaba, integrando la fórmula electoral, una de las más altas cifras de la cultura, Benjamín Carrión. Juntos acuñaron una proclama de guerra que perturbaba en las noches el sueño de burgueses de conciencia poco diáfana: ¡Parra-Carrión revolución! Porque una verdadera transformación se intentaba: liberar a los indios de siglos de esclavitud; mejorar la precaria condición de los montubios; salvar a los niños de la muerte prematura; aplicar una auténtica justicia social. Pero los votos impusieron la gris mediocridad de siempre y ésta sigue todavía.

No puedo ni quiero dejar de detenerme en obra internacionalista cumplida en bien del Ecuador. Pues cuando Don Carlos Julio Arosemena Tola ejerció por un corto pero fructífero período la Primera Magistratura integró un Gabinete de lujo en el cual Antonio Parra Velasco desempeñó el Ministerio de Relaciones Exteriores. EL río generoso de los sueños volvió a correr raudo: Parra, como Canciller, logra que los países del área andina suscriban en la Capital la llamada “Carta de Quito” que facilitó la formación de la Flota Mercante Gran Colombiana y el posterior Acuerdo de Cartagena, pasos gigantescos en su tiempo pese a la cerril oposición de tecnócratas de impuestos y tributos y al mezquino afán de destruir la flota.

Como Diputado Constituyente y como Miembro de la Junta Consultiva se batirá al igual que un titán para defender la integridad y soberanía de ese tesoro maravilloso, ni un milímetro enajenable, que es el Archipiélago de Galápagos.

La Universidad de Guayaquil tuvo a Parra Velasco como uno de sus más ilustres rectores. Pareció vivirse una estación renovada y fresca, porque fueron tiempos académicos, de conferencias magistrales, de paz fructífera sin sectarismo. De ese rectorado nació el Instituto de Diplomacia y Ciencias Internacionales que constituyen hoy uno de los organismos más importantes en la actividad cultural guayaquileña y la más valiente atalaya para la defensa de los elevados intereses de la Patria.

Hay una antigua canción irlandesa cuya letra dice: “Los viejos soldados no mueren. Se esfuman”, y he recordado esos versos porque pienso que Antonio Parra Velasco tampoco morirá jamás. Que cuando él lo decida se esfumará como los viejos soldados de la canción, escapándose de la envoltura frágil y vil de la arcilla humana para volar, en pureza de espíritu, a alguna galaxia no descubierta todavía, desde la cual podrá contemplar el mundo y los sucesos de los futuros siglos. Mirará sus más queridos sueños realizados. Allá, en la lejanía de la luz, América Latina, reparadas las injusticias cometidas entre hermanos, poderosa, soberana y libre, una gran nación dividida en estados, vencidos para siempre los criterios aldeanos, los minúsculos intereses creados incapaces de entender, peor seguir, la visión genial del libertador Bolívar. Y mientras don Antonio escudriñe la imagen del nuevo cosmos, su eterna melena de soñador y poeta irrevocable será mecida por la caricia de vientos misteriosos. 

Por: Galo García Feraud

Entre recortes y papeles amarillados por el paso de los tiempos y la riqueza de las vivencias que el Profesor evidenciaba en cada argumento lleno de razones, su Cátedra tomaba el brillo cautivante de su admirable personalidad.

Había alcanzado ya las más altas posiciones de su carrera de internacionalista y diplomático, pero no era eso lo que sus alumnos admirábamos. Su trascendencia no se levantaba sobre las notas salientes de su hoja de vida que con mérito extraordinario exhibía en la luminosa Universidad de los años cincuenta. Su palabra, más aún, su mensaje venía presidido a un tiempo por la elegancia de su espíritu vigoroso y por la claridad de una investigación paciente y profunda, para descubrir con acierto el sentido y la significación de la tesis de Bolívar.

La continentalidad de la proposición de Monroe se había transpolado indebidamente al relato histórico del pensamiento que se atribuía al Libertador.

La fuerza de la repetición ingenua y los acontecimientos de la vida de los pueblos dieron paso a la versión equivocada de su ideología.

Fue necesario entonces que un talento penetrante como el del doctor Antonio Parra Velasco descorriera el velo del error histórico. Su doctrina reivindicante y esclarecedora sirvió así para reencontrar el camino que otros habían desviado o perdido.

Como todo hombre que plantea una tesis de ruptura -aunque sea para recuperar la verdad – no siempre fue comprendido. Tuvo que hacer camino al andar y lo hizo con autoridad y entereza en la recuperación del proyecto histórico, que aún no se alcanza a comprender plenamente y mucho menos practicar a plenitud.

El Derecho Internacional Público que enseñaba con emoción y elevada competencia, fue el marco apropiado para que el Profesor, apasionado y apasionante, presentara su doctrina como el resultado de un análisis objetivo, donde la pasión y la convicción nunca restaron claridad a los argumentos que el maestro desarrollaba entre la anécdota elegante y las sapientes glosas que extraía de cada documento.

La docta preparación del Profesor no lo privó de naturalidad en el estrado, mientras la afirmación de una realidad histórico-geográfica dibujaba el claro perfil de Hispanoamérica. Las raíces históricas de la América India y de la Península Ibérica, las características culturales para dar fuerza a la identidad, la catolicidad como “una confesión religiosa hecha cultura” en la especificidad del pueblo hispanoamericano, el idioma y las costumbres, las tradiciones y no pocos factores idiosincráticos, uno a uno desfilaban en la interpretación del jurista que limpiamente alcanzaba ese título en el rigor del luminoso diálogo del Derecho con sus hermanas las Ciencias Sociales.

La realidad de Hispanoamérica en la circunstancia del presente siglo, reiterativamente ha servido para demostrar la genialidad de Bolívar, en el diagnóstico socio-económico y en la visión anticipada de sus resultantes. De igual manera, esa misma realidad sirve ahora para demostrar que la Doctrina Parra lejos de constituir una lucubración puramente teórica, constituye una proposición admonitiva ante el pretendido afán de “ser dueños de nuestro propio destino”.

Si Olmedo fue el poeta que peremnizó al héroe, acaso “robándole parte de su gloria” con la belleza de su hermoso Canto, el Profesor Parra Velasco fue el jurista, sociólogo e internacionalista que rescató al genio en la hazaña de su visión anticipada.

Mentes esclarecidas, con impecable dialéctica y verbo fustigante, como Velasco Ibarra en Panamá. cumplieron su papel en la recuperación de la verdad en el pensamiento del Libertador. Empero, sin temor a equivocarnos, entre todos ellos, al profesor Parra le corresponde el honor de haber identificado las esplendentes secuencias de su profícua vida, entre la misión diplomática, la Diputación Constituyente y la cátedra, con el ideario de Bolívar en el permanente reconocimiento de Hispanoamérica como una realidad nacida “de la identidad de origen y cultura”.

Llega pues, el doctor Parra a la cima de la montaña, sin cansancio ni fatiga espiritual, para mirar con el esplendor de la verdad y su profundidad filosófica, los horizontes de la Nación que, amándola bellamente, ayudó a interpretar. Ya no sólo es un hombre, es hoy una institución en la riqueza del país. 

Por: Mario Briceño Perozo.

El 17 de diciembre, cumplió noventa años de fecunda existencia, el doctor Antonio Parra Velasco, nacido en Guayaquil, Ecuador, pero venezolano de corazón, por su probado amor a esta tierra y su devoción por la gloria del Libertador.

El doctor Parra Velasco es abogado notable, doctor en Jurisprudencia, orador fogoso, catedrático ilustre. Fue rector de la Universidad de Guayaquil, Canciller de la República del Ecuador, parlamentario, diplomático y como político militante fue candidato a la presidencia de su país para el período constitucional 1960-1964, no alcanzó el triunfo, porque los que votan -que no son el pueblo todo -suelen equivocarse irreversiblemente. Parra Velasco hubiese sido un magistrado ejemplar, inspirado, como ninguno en el ideario de Simón Bolívar.

Como diplomático el doctor Parra Velasco se lució en Francia, en Gran Bretaña y, fundamentalmente, en Venezuela, aquí convivió con nosotros largos años. Frecuentaba con asiduidad la Sociedad Bolivariana y su embajada estuvo abierta a todas las inquietudes de tipo cultural, científico y de acercamiento entre los hombres y los pueblos.

Desarrolló el pensamiento del Libertador en un cuerpo de normas y principios que pasó a las Universidades de Hispanoamérica con el nombre de doctrina Parra Velasco, basado en la unidad, en aquel sueño de Bolívar: “La nación de repúblicas”, cuyo embrión fue la Gran Colombia.

Los venezolanos nos unimos a los hermanos del Ecuador, en la celebración de los noventa años de Antonio Parra Velasco, gran señor de la pluma y de la palabra, ciudadano de América, bolivariano integral. 

Por: Carlos Ordóñez Goetta

La Universidad de Guayaquil, a través de su Vicerrectorado Académico, acaba de efectuar un reconocimiento público, en verdad, resonante, a los altos méritos y las fecundas vidas de dos ilustres catedráticos los doctores: Antonio Parra Velasco y Rigoberto Ortiz Bermeo, cuando han cumplido noventa y noventa y dos años de edad, respectivamente. No es que haya llegado tarde este homenaje a dos figuras brillantes de las ciencias y del magisterio ecuatoriano, sino que la ocasión fue propicia y se cumplió en un elevado y solemne nivel que los porteños aplauden en justo frenesí. “El Dr. Antonio Parra Velasco no solo ha sido un profesor universitario de enorme y luminosa trayectoria, sino que también ejerció el rectorado del Alma Mater de Guayaquil, desplegando actividades superiores que contribuyeron a cimentar el prestigio institucional. Entre las obras notables que deja a las nuevas generaciones resalta la Escuela de Diplomacia, hoy Instituto de Diplomacia y Ciencias Internacionales, en cuyas aulas se preparan los elementos llamados a integrar con idoneidad y conocimientos específicos, el servicio exterior de nuestro país que ha sufrido desmembraciones territoriales lacerantes, heridas que no pueden restañarse.

Erudito en materia de Derecho Internacional, nos ha representado en naciones hermanas como Venezuela; ha desempeñado las funciones de Canciller y es autor de una doctrina que lleva su nombre y que proclama la perfecta unidad iberoamericana que todavía constituye un sueño de nuestras repúblicas, pero que se busca siempre afianzarla y entrañarla, conforme a los principios inmortales del Libertador de América.

Guardó un culto profundo a Simón Bolívar, a quien considera el más alto exponente del pensamiento transformador del Nuevo Mundo y se mantiene por muchos años como Presidente de la Sociedad Bolivariana del Guayas, de la cual es fundador. Y, a sus noventa años, continúa difundiendo los ideales del eximio emancipador de nuestros pueblos, en discursos y conferencias de profunda versación y gran fluidez que lo han consagrado como un orador de altísima jerarquía y elocuencia suma. El Dr. Rigoberto Ortiz Bermeo, la otra enorme figura de la cátedra, puede y debe ser estimado como un maestro por antonomasia y de honda vocación. No en vano, se formó y obtuvo su título de normalista en el “Juan Montalvo” de Quito, para luego elegir la carrera de Jurisprudencia y convertirse en uno de los juristas ecuatorianos más esclarecidos. Asi mismo, conocedor a fondo y en vastedad de la sociología, ésta ha sido su cátedra predilecta en planteles secundarios y en la universidad. De su paso por la docencia, queda el recuerdo de que fue Rector talentoso y de brillantes iniciativas del Colegio Nacional “Vicente Rocafuerte” y fundador del Instituto de Pedagogía, embrión de la actual Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación del Centro de Estudios Superiores de Guayaquil.

El Dr. Ortiz Bermeo fue diputado en un Congreso que aprobó una de nuestras constituciones y también, por sus ideas políticas de avanzada, salió desterrado con destino a Chile. Y el educador demostró allá sus claros atributos, dictando clases en la Universidad de Concepción.

Estas son a breves rasgos las trayectorias de dos ecuatorianos que jamás han desmayado en brindar el aporte de sus talentos al mayor engrandecimiento de la patria en el dilatado terreno de la cultura y de la identidad nacionales. 

Por: Jorge Salvador Lara

La larga vida es un don de Dios y el solo hecho de alcanzarla da a los elegidos la alta sabiduría de la experiencia. No es frecuente el caso de los nonagenarios, pero cuando se presenta, suele ser puesto de relieve, tanto más si el agraciado con este carisma es personalidad ilustre que ha cultivado sus dotes humanas y las ha puesto al servicio de sus semejantes. Es de justicia, entonces, que digamos unas palabras en homenaje de uno de nuestros más eximios compatriotas, el Dr. Antonio Parra Velasco, quien a fines del año pasado cumplió 90 años de vida y prefirió celebrarlos en la intimidad familiar.

Nació en efecto con el siglo, de fami1ias proceras, y pudo realizar en Francia brillantes estudios secundarios en el Liceo Janson, de Sally, y el Colegio Saint Dominique y Lacor-daire, de París, donde se graduó de bachiller en Filosofía. Su educación superior la realizó primero en la Escuela de Altos Estudios Comerciales de París y posteriormente en la Universidad de Guayaquil, su ciudad natal, donde obtuvo la licenciatura en ciencia sociales y luego el doctorado en Jurisprudencia. Caballero andante del derecho y la justicia, se distinguió desde joven, no solo por su poderosa inteligencia y fácil palabra, sino también por su gallarda presencia de austero semblante, pero fresca y no difícil sonrisa, pupilas claras, alta la frente, la cabellera al viento, firme el andar.

Personalidad multifacética, la suya. Al dominio de varios idiomas modernos, particularmente el francés que habla sin acento, tal si hubiese sido su lengua materna y que le ha dejado cierta guturalización de las erres castellanas, une la copiosa amplitud de sus conocimientos, en equilibrado consorcio de las disciplinas teóricas con la praxis del derecho con la economía.

La patria ecuatoriana no podía desestimar esos méritos. Fue joven Ministro de Educación durante el primer velasquismo, lo cual ya es decir mucho pues bien sabemos que fue este el campo para el cual Velasco Ibarra viajó a prepararse en Francia. Pronto se le encargaron funciones diplomáticas y en ellas brilló con fulgores propios, ya en representaciones ocasionales a múltiples y trascendentales reuniones internacionales del continente y el mundo, ya en misiones permanentes, como la plenipotencia en Francia y las embajadas en Venezuela y Gran Bretaña. Su larga y fecunda trayectoria en el Servicio Exterior ecuatoriano tuvo como vigoroso jalón su nombramiento como Ministro de Relaciones Exteriores durante el pacificador interinazgo de don Carlos Julio Arosemena Tola. También, por muchos años, ha integrado la Junta Consultiva de Relaciones Exteriores en la que su voz, conciencia firme de la patria, ha sido de permanente orientación para la vigorosa defensa de nuestros derechos territoriales amazónicos.

Cuando Canciller patrocinó, con inteligencia y acierto, uno de los pioneros intentos de integración latinoamericana al convocar en nuestra capital una conferencia de alto nivel que culminó con la suscripción de la “Carta de Quito”, anticipo del Acuerdo de Cartagena. Sin embargo, como internacionalista, es la “Doctrina Parra” -así conocida en su honor- uno de los mayores timbres de gloria de este ilustre ciudadano. Propugna ella la unidad de las patrias iberoamericanas para poder dialogar, sin condicionamientos, de señor a señor, con la gran potencia del norte, de la que ha sido constante crítico, aunque sin odiarla ni dejar de reconocer sus grandes logros. Parra Velasco sigue, en esto, los lineamientos fundamentales de Simón Bolívar y piensa que no podemos olvidar la consigna de “la patria grande”. Para él, verdadera nación es Iberoamérica cuyos estados deben Integrarse progresivamente, pues todos tienen un destino histórico trascendente común. Cultor de las letras y la música, el doctor Parra llegó a componer, para ellas, un “Himno Latinoamericano” que debiera difundirse. De acuerdo con esa doctrina no podemos olvidar a Puerto Rico, la hermana irredenta, a la que se quiere convencer que se acostumbre a “la jaula dorada”.

Asimismo, debemos mencionar su actuación como diputado en la Asamblea Nacional Constituyente de 1944-1945, pues en buena parte es suyo el artículo de la Carta Magna, mantenido desde entonces, que prescribe al Ecuador la permanente tarea de propugnar “la integración iberoamericana como sistema eficaz para el desarrollo de la comunidad de pueblos unidos por vínculos de solidaridad nacidos de la identidad de origen y cultura”.
La influencia del Dr. Parra sobre la juventud se puso de relieve en su elección como Rector de la Universidad Estatal de Guayaquil. Allí, a más de la poderosa atracción que sus ideas ejercían sobre los estudiantes, quedó entre otras huellas de su paso la restauración del Paraninfo de la centenaria Casona y el sugerente mural de Guayasamín, verdadero elogio de la raza Iberoamericana, presidido por magistral interpretación de la figura del Libertador Bolívar, a quien acompañan los principales luchadores por la libertad y la unidad en nuestro continente, inclusive Sandino y Albizu Campos.

Parra Velasco fue candidato a la Presidencia de la República. Otro habría sido el resultado de las elecciones si no hubiera tenido como contendor al propio imbatible Dr. Velasco Ibarra, que ganó su cuarta presidencia, y si los bullangueros sectores de la ultraizquierda, al apoyarle, no hubieran asustado con proclamas revolucionarias a las mayorías silenciosas. El programa presidencial del Dr. Parra era, sin embargo, una síntesis vigorosa de humanismo ideales nacionalistas y viables postulados prácticos tendientes a preferenciar soluciones en favor de “tres parias de la patria ecuatoriana: el indio, el montubio y el hombre pobre de las ciudades”.

Para el autor de estas líneas, que se declara paladinamente como seguidor de las luminosas lecciones del Maestro Antonio Parra Velasco, es grato saludarle desde esta columna y rendirle entusiasta y afectuoso homenaje con motivo de haber cumplido sus fecundos no-venta años de vida. 

Por: Hugo Ordoñez Espinosa

He leído en los periódicos que el doctor Antonio Parra Velasco ha cumplido noventa años hace unas semanas, a fines del 90, puesto que, se ha anotado en ellos, el doctor Parra Velasco nació en Guayaquil con este siglo XX, que se nos va. He leído eso y me he dicho que estoy todavía a tiempo para sumar el mío a los homenajes que se le han rendido, los cuales ciertamente que no han sido muchos ni grandes, ciertamente que ni de lejos han sido lo que debían ser, porque los elementales apremios que a los ecuatorianos nos acosan en estos tiempos oscuros, mezquinos, desolados, no dan para que el país se exprese en actos de justicia noble y profunda, pero que de todas maneras muestran que el Ecuador sabe y recuerda que el doctor Antonio Parra Velasco ha sido y es un valor cimero de la patria, sin duda uno de los más altos en esta centuria.

Catedrático universitario, legislador, internacionalista, diplomático, rector de la Universidad de Guayaquil, canciller de la República en el gobierno de Carlos Julio Arosemena Tola, gobierno ejemplar; fue en sus tiempos de activa militancia en la vida pública nacional un símbolo y un guía, una bandera; para la juventud. Yo lo conocí entonces. Eran los días de los grandes rectores universitarios de esta midad segunda del siglo XX: Carlos Cueva Tamariz en Cuenca, Alfredo Pérez Guerrero en Quito, Antonio Parra Velasco en Guayaquil… ¡Qué tiempos aquellos…! Fue entonces cuando, conociéndolo, aprendí a respetar y admirar al maestro Parra Velasco, por su claro talento esmeradamente cultivado en el estudio y la meditación, por el acierto y, dentro del acierto, por el espíritu de justicia social con que miraba los problemas ecuatorianos, por su ardiente patriotismo y su latinoamericanismo visionario y militante, por la singular reciendumbre de su personalidad.

En el campo del derecho y de las relaciones internacionales, que es donde más ha brillado la obra del doctor Parra Velasco, hay dos aportes que han de permanecer largamente en la historia, uno en el ámbito de la doctrina, otro en el de los hechos, en el de las realizaciones. El primero estuvo constituido por la formulación y la enunciación de la doctrina que en Derecho Internacional lleva su nombre; el segundo, que data de 1948, cuando en el país gobernó Arosemena Tola, por la reunión de la Conferencia de Quito -concebida y promovida para construir la unidad económica grancolombiana- y la formulación y suscripción de la Carta de Quito. El uno fue el aporte del pensador, del jurista, del maestro en Derecho Internacional; el otro, el del hombre de acción, del diplomático, del estadista. La Doctrina Parra Velasco -la América Latina constituye una sola nación y por tanto el derecho que víncula a sus pueblos no es propiamente derecho internacional sino derecho intranacional-, está en plena vigencia más aún, podríamos decir que hoy está más vigente que nunca. Y la Carta de Quito, sobre la cual, no bien suscrita, se tendió un conspirativo y pesado manto de silencio, tramado afuera por intereses inmensamente poderosos y secundado adentro por malinches y felipillos, tiene que ser reconocido hoy como la más vigorosa raíz y el más vivo y cercano origen del proceso de integración andino.

Mi noble amigo el maestro Antonio Parra Velasco ha cumplido noventa años… Me vale la ocasión para tributarle desde aquí mi homenaje fervoroso. 

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